Por José Luis Hernández. Fotos: CB Canarias-E. Cobos.
La Laguna-Aguere (Tenerife), 21 de enero de 2026.
Actualizado a las 14.22 GMT.

Hay noticias que golpean más lejos de casa. Me enteré de los problemas de salud de Pipo en Bilbao, mientras cubría el Bilbao Basket–La Laguna Tenerife. A miles de kilómetros, en un pabellón ajeno, la preocupación me dejó un enorme nudo en el estómago. El lunes llegó la peor confirmación posible. Su fallecimiento convirtió aquella inquietud en una tristeza profunda.
Mi relación con Felipe Hernández Gil, Pipo para todos, venía de décadas atrás, desde que yo era un niño y él un pibe. Una relación sincera, cercana, construida con el paso del tiempo y siempre unida por un sentimiento común: el amor incondicional al Club Baloncesto Canarias. Compartimos charlas, viajes, alegrías y también decepciones deportivas, pero sobre todo compartimos una manera de sentir el baloncesto y de entender al Canarias como algo que va mucho más allá de una cancha.
Pipo era parte esencial de esa familia amarilla y negra que vuelve a estar de luto. Histórico aficionado del CB Canarias, directivo de la Peña San Benito y padre de David Hernández Cuenca, delegado del primer equipo de La Laguna Tenerife, su figura estaba siempre ligada al día a día del club y de la grada. Su presencia, discreta pero constante, era una seña de identidad en el Santiago Martín, al igual que lo fue en el pabellón Juan Ríos Tejera, que además era su lugar de trabajo, y la pista del Colegio Luther King.
La Peña San Benito, a la que dedicó tiempo, esfuerzo y energía, ha expresado con pesar una pérdida que consideran irreparable. Y no es una frase hecha. Pipo estaba en todo, siempre dispuesto a ayudar, a empujar, a sumar. Su compromiso con la peña y con el Canarias era auténtico, sin focos ni protagonismos.
Ese cariño tuvo una de sus expresiones más emotivas ayer martes, durante su sepelio, y también en el homenaje realizado por la plantilla del Canarias. Los jugadores depositaron un ramo de flores en su ubicación habitual en la grada, el lugar donde siempre estaba Pipo. Allí, en silencio, descansaba el tambor que hacía sonar en cada partido, acompañado por la bandera amarilla y negra y por la de nuestra ciudad, La Laguna. Una imagen sencilla y sobrecogedora, cargada de respeto y reconocimiento, que simboliza lo que Pipo significó para el club y para su gente.
Desde el dolor aún reciente por la marcha de Chuchi Arencibia, me toca despedir ahora, con todavía más pesar, a Pipo. Dos ausencias demasiado seguidas que dejan huella en lo personal y en lo colectivo, en la memoria del canarismo y en quienes entendemos este sentimiento como parte de nuestra vida. Ahora el dolor es doble: el del Canarias y el personal. Se va un referente del canarismo, pero también un amigo. Alguien con quien siempre era fácil reencontrarse porque la pasión compartida lo mantenía todo intacto. La primera fila de la Peña San Benito no será la misma sin él, y tampoco lo será el Canarias para quienes tuvimos la suerte de conocerlo de cerca.
Descansa en paz, Pipo. El baloncesto canarista no te olvidará.
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