
Por José Luis Hernández. Fotos: BCL Photo.
La Laguna-Aguere (Tenerife), 05 de febrero de 2026.
Publicado a las 23.06 GMT.


Hay ventajas que no se entrenan. No se trabajan en el gimnasio ni se corrigen en vídeo. No aparecen en las estadísticas avanzadas ni se explican en una pizarra. Simplemente están ahí. Acompañan. Y cuando desaparecen, el juego y todo lo que lo rodea se vuelve un poco más frío. Una de esas ventajas, quizá la más silenciosa, es ser de aquí.
El baloncesto moderno avanza a velocidad de vértigo. Es global, móvil, casi nómada. Jugadores que cruzan fronteras con la misma naturalidad con la que cambian de camiseta, equipos que se construyen y se deshacen cada verano, afortunadamente no es nuestro caso, e identidades que se diluyen en favor de la eficacia inmediata. No es una crítica: es el signo de los tiempos. Pero en ese proceso algo se pierde por el camino: el vínculo, el arraigo. La sensación de que quien está en la pista entiende exactamente qué significa ese escudo que lleva en el pecho.
Anteayer se jugó el primer derbi canario bajo el amparo de una competición europea. Un partido histórico, por lo que representa y por el escenario. Dos equipos de las islas midiéndose en el contexto más internacional posible. Y, sin embargo, había un detalle que decía mucho más de lo que parecía: el único jugador canario sobre la pista era Fran Guerra. Solo uno. En un derbi. En una competición europea. Fran Guerra en las filas del Canarias.
No es un reproche a nadie, ni mucho menos. Es una constatación. En un baloncesto cada vez más globalizado, contar con un jugador nacido en las islas defendiendo los colores de un equipo, el nuestro, de las islas es ya una excepción. Y por eso mismo, su valor trasciende lo estrictamente deportivo. Cada vez que lo veo en la pista, siento un orgullo que va más allá del juego. Ver a un canario defendiendo los colores de La Laguna Tenerife en la élite no es solo un gesto simbólico: es un regalo para el Club Baloncesto Canarias, que no sólo se beneficia de sus centímetros y su trabajo, sino de la identidad, el arraigo y el respeto que aporta a toda la plantilla. Fran Guerra no sólo juega; representa lo que significa ser canario en un equipo canario, y lo hace con profesionalidad, humildad y cariño por su tierra.
No todo son los números, que también. Además hay sentimiento, identidad y pertenencia. Esa conexión invisible que se establece cuando quien defiende el escudo sabe perfectamente qué significa hacerlo, porque ha crecido viéndolo, escuchándolo y soñándolo. Fran Guerra pone el acento canario al Canarias y, por extensión, al baloncesto canario en la Liga Endesa y en Europa. Y eso tiene un peso específico que no cabe en ninguna estadística.
En tiempos en los que muchos jóvenes sienten que la única manera de llegar es marcharse, su figura también funciona como espejo y como mensaje. No siempre es posible, es verdad. Pero cuando ocurre, cuando alguien de aquí llega y se queda, conviene detenerse a mirarlo. Y a valorarlo por supuesto.
Quizá esa sea, al final, la verdadera ventaja de ser de aquí. No una ventaja competitiva en el sentido clásico, sino una fuerza interior. Algo que no se ve pero empuja. Algo que no se mide pero suma. Y que en noches grandes, como la del pasado miércoles, recuerda que el baloncesto también va de raíces. Tal y como recordaba aquella vieja canción ochentera de Los Nikis, titulada igual que este artículo, la verdadera ventaja de ser de aquí no se compra ni se ficha; se lleva dentro, y Fran Guerra nos la recuerda cada vez que pisa la pista, con respeto, cariño y orgullo canario.


























































