Opinión. Como un Aston Martin al borde de un precipicio

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Por José Luis Hernández – Creatividades digitales: Inteligencia Artificial

Aguere-La Laguna (Tenerife), 08 de julio de 2024.

Actualizado a las 16.23 GMT

La metáfora de un Aston Martin al borde de un precipicio, usada por la cantante estadounidense Taylor Swift en su canción Getaway Car, resuena profundamente con mi percepción actual del periodismo deportivo, particularmente en el mundo del baloncesto, donde me muevo desde hace casi 26 años. ¿Se imaginan el coche de Fernando Alonso, al que Taylor le hace un guiño en la canción, a punto de caer en el abismo? Pues así se siente el periodismo verdadero frente al creciente despeñadero de la desinformación y el sensacionalismo barato de algunos intrusos profesionales.

En mi experiencia como periodista, he visto cómo la profesión que amo y respeto se enfrenta a una crisis de credibilidad por culpa de estos chiquilicuatres. Este problema es especialmente palpable en la cobertura del baloncesto, donde estos pseudoperiodistas del clic rápido, han encontrado un terreno fértil para sembrar sus invenciones, rumores y ‘fichajazos’. La cantidad de habladurías sobre contrataciones y movimientos de jugadores que circulan diariamente por las redes sociales es innumerable y alarmante. Muchísimos de estos rumores carecen de cualquier base real, pero eso no detiene a estos charlatanes de tres al cuarto para difundirlos como si fueran verdades incuestionables.

Como un Aston Martin, se nota que ayer hubo Gran Premio en Gran Bretaña, el periodismo debe representar calidad y confianza. Un coche bien cuidado y bien conducido que recorre el camino de la verdad con elegancia y precisión. Sin embargo, el borde del precipicio se acerca cada vez más cuando algunos permiten que estos impresentables, capaces de lanzar listas de posibles fichajes con un número de baloncestistas tan numeroso que se podrían confeccionar cuatro plantillas completas, les llenen la cabeza de rumores sin fundamento con el fin de tomar el control del discurso público. Las redes sociales han democratizado la información, o no tanto, lo cual es una bendición para los profesionales y una maldición para los que se creen cualquier ‘información’ sin ni siquiera comprobar la credibilidad del medio que lo publica. Si bien es maravilloso que más voces puedan ser escuchadas, también significa que la línea entre información veraz y la mera especulación se difumina peligrosamente.

Recuerdo muchísimos casos en los que algunos supuestos fichajes causaron un revuelo tremendo. Las redes sociales explotaron con estas supuestas noticias, afirmaciones que cada día se repiten en múltiples plataformas. Sin embargo, cuando se investiga a fondo o simplemente pasa el tiempo, descubrimos que todo se basaba en una única fuente anónima, y dudosa, en el mejor de los casos. No había ninguna evidencia sólida, ningún contrato firmado, ni siquiera un comentario reputado de algún representante de una agencia de representación, del propio baloncestista o del equipo o equipos en cuestión. A pesar de ello, la noticia falsa ya había hecho su daño, generando expectativas fraudulentas entre los aficionados y poniendo a los equipos en una posición incómoda. También al periodismo.

Este tipo de situaciones me hacen reflexionar sobre nuestra responsabilidad como periodistas. Nosotros, los verdaderos gacetilleros y no esta manada de descerebrados, debemos trabajar con más ahínco para verificar la información, cruzar datos y ofrecer a nuestros lectores noticias que estén respaldadas por hechos. ¡Somos más necesarios que nunca!. No podemos permitir que nuestro Aston Martin caiga por el precipicio de la desinformación, ni que estos, que van subidos en un kart, traten de competir con nosotros.

Es, en ocasiones, frustrante ver cómo los pseudoperiodistas ganan seguidores a través de la creación de contenido sensacionalista y, en la mayoría de las ocasiones, engañoso. Ellos no tienen el mismo compromiso con la verdad que nosotros, ni sienten el mismo peso de la responsabilidad ética, entre otras cosas porque muchos de ellos ni siquiera conocen el significado del concepto. Para ellos, cada clic es un logro, independientemente de la veracidad del contenido que ofrecen. Sin embargo, nosotros debemos mantenernos firmes en nuestros principios y recordar que la confianza y la credibilidad, de la que vivimos, se construye a través de la integridad y la precisión. Y eso lo llevamos en SuperBasket Canarias a rajatabla: Periodismo libre, veraz e independiente.

Como en el caso de ese Aston Martin al que tanto he mentado en este artículo de opinión, mantenernos alejados del borde del precipicio requiere una conducción cuidadosa y responsable. Necesitamos hacer un esfuerzo consciente extra para no dejarnos llevar por la corriente de rumores y especulaciones que lanzan estos mindundis. Nuestro papel es separar los hechos de las ficciones, ofrecer análisis informados y aportar un contexto que permita a nuestros lectores entender mejor el mundo del baloncesto, no confundirlos. En definitiva, buscar la verdad y difundirla.

La solución a este problema no es sencilla porque son tiempos complicados para comunicar, pero comienza con la educación y la conciencia de los propios leyentes. Los lectores deben ser críticos y discernir entre fuentes y medios confiables respecto a aquellas cuentas y pseudomedios que buscan sólo la ganancia rápida del clic. Como periodistas, debemos fomentar este escepticismo saludable y proporcionar las herramientas necesarias para que los aficionados al baloncesto puedan identificar la información veraz, libre e independiente. Además, las plataformas sociales y los medios de comunicación tenemos la responsabilidad de controlar y moderar el contenido que difundimos, asegurándonos siempre de que no está contribuyendo a la propagación de un rumor sin fundamento.

En última instancia, y desde mi punto de vista, el periodismo debe esforzarse aún más por ser ese Aston Martin que no solo es bonito a la vista, sino que también ofrece un rendimiento impecable y una fiabilidad incuestionable. Debemos trabajar juntos para mantener nuestra profesión en el camino correcto, alejándonos del borde del precipicio y avanzando hacia un futuro donde la verdad y la integridad prevalezcan sobre la especulación y el sensacionalismo de estos falsos periodistas aficionados. Solo entonces podremos mirar hacia adelante con confianza, sabiendo que estamos cumpliendo con nuestro deber de informar y educar a nuestros lectores de manera honesta y precisa.

Y acabo con dos ejemplos muy recurrentes a la vez que simples: Si ustedes tuvieran un hipotético problema con la justicia y la ley se lo permitiera, que no es el caso… ¿Se dejarían defender por alguien que no fuera profesional del derecho?  Y si tuvieran un problema de salud… ¿Se dejarían tratar por alguien que no fuera un profesional de la medicina? . Creo que sus respuestas van a ser claras al respecto. Entonces, queridos amigos… ¿Por qué dejarse ‘informar’ por personas que no son profesionales del periodismo?  Y ustedes… ¿Qué opinan?