Fotos: SuperBasket Canarias / AC Maier

José Luis Hernández (sbc) La Laguna (Tenerife)

Era una cita inevitable. La había dilatado en el tiempo, quizá por la distancia geográfica, tal vez por la nostalgia, probablemente por el emocionante reencuentro con un lugar que también marcó mi vida, en este caso baloncestistica. Les hablo de la histórica, e incluso romántica, cancha de Anchieta.

Les confieso que estaba un poco nervioso, envuelto en un halo de incredulidad, deseando con todas mis fuerzas que no fuera real todo lo que había leído, lo que me habían contado. Ansiaba que, lo que iba a encontrar en aquel lugar que otrora rezumaba baloncesto, no fuera real, que todo formara parte de un mal sueño, de una irrealidad imaginaria, pero no fue así.

Era temprano y la puerta estaba cerrada, así que me senté en el bordillo de la acera. Desde el otro lado de la calle, cámara en mano, pude observar, no sin espanto, el anuncio de la puerta, que ya no era la de mis recuerdos, y que delataba lo que me iba a encontrar en cuanto se abriera aquel portón blanco, de hierro, feo, testigo de la desidia, del desinterés político, de las gestiones inacabadas o quizá nunca comenzadas por algunos que nombraban aquel templo del baloncesto insular cada cuatro años, a cambio de un mísero puñado de votos.

Durante algunos segundos me pareció escuchar el bote del balón sobre el cemento de la vetusta instalación deportiva, pero todo era silencio, como si el tiempo se hubiese detenido en un emplazamiento que aún se resiste a su cruel final, a no albergar más partidos, a convertirse en el enclave de un edificio horroroso.

Con la solitaria presencia de la palmeras, longevas, vivas, en claro contraste con su entorno, de la cancha Anchieta, refrendatarias de muchas victorias y algunas derrotas de nuestro querido Canarias, también del Juventud Laguna, la puerta se abrió. Mis pequeñas esperanzas se disiparon en un segundo. No estaban las canastas, ni aquellos banquillos de madera que se curtían con el sol y se hinchaban con la lluvia y la humedad lagunera. Solo algunos vestigios parecían reivindicar el sentido de aquel entrañable espacio: restos de algunas líneas que demarcaban la superficie que sirvió para formar a generaciones de jugadores laguneros, escenario de tantas mañanas y tardes épicas para el baloncesto de mi ciudad, de Tenerife y Canarias, sobreviven al paso del tiempo, ahora convertido, de forma transitoria en un aparcamiento indigno.

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Los vestuarios siguen en pie, obsoletos, sucios, olvidados. Aquellos en los que el aurinegro Jim Brown, primer americano en la historia del Club Baloncesto Canarias, dio un alarido al comprobar la temperatura, muy baja, casi helada, del agua de Aguere, se resisten a caer.

Por mi cabeza pasaron cuantiosos nombres, muchos de ellos ilustres, pero uno retumbó con más fuerza: Esteban Afonso. Presidente del Juventud Laguna desde hace décadas, y también del Orfeón La Paz, se convirtió en el auténtico valedor y defensor de la idea de salvar la cancha Anchieta aunque su esfuerzo y sacrificio incesante no tuvo la recompensa deseada. Ya solo nos quedarán los recuerdos. Esos son nuestros, de todos y cada uno de los que pasamos por aquella querida pista.

De repente la puerta comenzó a cerrarse, como queriendo tapar la vergüenza de unos, el negocio de otros. Muchos la echaremos de menos, otros no, como algunos dirigentes políticos que tanto hablaron de ella con el único objetivo de sacar réditos partidistas. Se pierde un referente del baloncesto tinerfeño. Adiós a un trozo de la historia canarista. Patrimonio de la pasividad.