Por José Luis Hernández. Fotos: ACB Photo-Aritz Arrizabalaga.
Málaga (Andalucía), 28 de septiembre de 2025.
Actualizado a las 15.08 GMT.

Si yo fuera el gran Leo Bassi les diría que estoy hasta los mismísimos, pero como no lo soy, les diré simplemente que estoy harto. Harto de ver, una y otra vez, las mismas ayudas arbitrales siempre para el mismo equipo. Ayer, en Málaga, el Canarias perdió por un ajustadísimo 72-71 ante el Real Madrid en la semifinal de la Supercopa Endesa. Vi a Shermadini y Huertas liderar al equipo, dominar la pista y mantener hasta 14 puntos de ventaja. Vi a un La Laguna Tenerife valiente, agresivo y decidido, que controlaba el partido durante más de 30 minutos. Pero de repente todo cambió: el partido dejó de ser cinco contra cinco y se convirtió en cinco contra ocho. Ocho, sí, porque los tres árbitros parecían jugar a favor del equipo blanco.
La antideportiva señalada a Shermadini, la técnica a Huertas y varias faltas personales dudosas en momentos clave rompieron el ritmo de los nuestros. En un instante, el control del juego que tenían los canaristas desapareció, y el Madrid, que hasta entonces había estado errático y apagado, recuperó oxígeno y logró dar la vuelta al marcador. Vi cómo mi equipo luchaba hasta el último segundo, cómo Jaime Fernández disponía de la última posesión y cómo, pese a ejecutar el tiro que buenamente pudo ante la durísima defensa madridista, la suerte nos privó de la victoria. Pero lo que realmente me dolió fue comprobar que no solo estábamos enfrentándonos a cinco jugadores rivales, sino también a tres árbitros que parecían decidir quién ganaba.
No es la primera vez que veo esto. No ocurre solo en el baloncesto. En el fútbol, los famosos ‘penaltis para el Real Madrid’ se han convertido en rutina. Decisiones polémicas en los instantes finales, siempre a favor del mismo equipo, que alteran partidos, eliminatorias y campeonatos. Y lo peor es que este patrón se repite, una y otra vez, hasta que te cansas de verlo.
Ayer vi cómo el Canarias hizo más méritos, cómo jugó mejor, cómo aguantó la presión de un rival poderoso, y aun así terminó pagando no solo sus propios errores, sino también la histórica indulgencia con el Madrid. Vi cómo los árbitros, con sus decisiones, cambiaban el rumbo de un partido que había sido prácticamente controlado por los aurinegros durante gran parte del encuentro. Jugar contra cinco jugadores ya es difícil. Jugar contra cinco y tres árbitros es casi imposible.
Estoy cansado de esta situación. Estoy cansado de que algunos grandes medios de la capital del estado español hablen de victorias ajustadas sin mencionar la influencia arbitral que las hace posibles en muchos casos. Estoy cansado de ver cómo la historia del baloncesto en las competiciones domésticas sigue repitiéndose: siempre el mismo beneficiado, siempre los mismos perjudicados.
Si queremos un baloncesto limpio, competitivo y justo, los árbitros deben arbitrar para los equipos, no para los históricos favoritos. Basta de privilegios invisibles. Basta de decisiones polémicas en los momentos decisivos. Basta de ver siempre las mismas ayudas, una y otra vez, siempre para el mismo. Hasta que esto cambie, no habrá justicia sobre la cancha, ni emoción verdadera en los finales de partido. Está claro que mientras el arbitraje siga inclinando la balanza, nunca sabremos si gana el mejor equipo sobre la pista o simplemente el mejor protegido.



























































