Opinión. El Canarias es lagunero. Punto.

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  • El desconocimiento de la historia y la identidad del CB Canarias sigue dejando episodios difíciles de justificar en operadores televisivos, medios digitales, prensa escrita y emisoras de radio, especialmente peninsulares, aunque tampoco faltan ejemplos en nuestras propias islas. Lo sucedido ayer durante la retransmisión de DAZN, con una rectificación que merece ser reconocida, es solo el último capítulo de una vieja historia de errores, confusiones y falta de rigor.

José Luis Hernández. Creatividades digitales: Equipo IA SuperBasket Canarias.

San Cristóbal de La Laguna-Aguere (Tenerife), 1 de noviembre de 2026.

Publicado a las 19.04 GMT.

Hay errores que se comprenden, equivocaciones que se disculpan y despropósitos que, a fuerza de repetirse, terminan por agotar la paciencia. Después están aquellos que, además de revelar un preocupante desconocimiento, afectan a algo tan elemental como la identidad de un club. Y ahí, lo confieso, hace muchísimo tiempo que dejé de encontrarles la menor gracia.

Ayer volvió a suceder. Durante la retransmisión del encuentro entre el Leyma Coruña y La Laguna Tenerife, en DAZN, nuestro equipo fue identificado nuevamente como «chicharrero». ¡Otra vez!

Por primera vez esta temporada no pude viajar para cubrir al Canarias in situ, como acostumbro desde hace muchísimos años, y tuve que seguir el partido por televisión. Durante el descanso me puse en contacto con el compañero que realizaba la retransmisión. Hablamos a través de WhatsApp y, en la segunda parte, corrigió el gentilicio, refiriéndose a nuestro equipo como «tinerfeño». Y conviene reconocerlo. Porque cometer un error es humano; escuchar, aceptarlo y corregirlo demuestra profesionalidad.

Sería injusto interpretar estas líneas como una crítica exclusiva a DAZN, y mucho menos al compañero que atendió mi observación. El problema es bastante más antiguo, más extendido y, por desgracia, mucho más difícil de erradicar. Llevo años escuchando y leyendo disparates semejantes en operadores televisivos, medios digitales, prensa escrita y emisoras de radio. Especialmente en medios ubicados lejos de Canarias, aunque en nuestras propias islas tampoco faltan ejemplos sonrojantes. Los hemos padecido en informaciones y retransmisiones de la Liga Endesa, la Supercopa, la Copa del Rey, la Basketball Champions League y, ahora, en la EuroCup. También en otras categorías por las que ha pasado el Canarias a lo largo de casi 90 años de vida.

Cambian las competiciones, los derechos televisivos, los medios y los protagonistas. Lo que permanece es la obstinada supervivencia de determinados errores. Y no hablamos de cuestiones extraordinariamente complejas. El Canarias no es chicharrero. El Canarias es lagunero. Nuestro club es de San Cristóbal de La Laguna. Por extensión, es tinerfeño y canario. Tres identidades perfectamente compatibles que me llenan de orgullo. Soy lagunero, tinerfeño y canario. Y no necesito renunciar a ninguna de ellas ni aceptar que otros las confundan.

Porque conviene aclarar algo que, a estas alturas, debería resultar elemental: chicharrero es el gentilicio propio de los habitantes de Santa Cruz de Tenerife, no el de todos los habitantes de la isla. Para eso existe una palabra perfectamente reconocible y mucho más precisa: tinerfeño. Tenerife tiene 31 municipios, cada uno con su historia, su identidad y sus correspondientes gentilicios. Pretender que el de Santa Cruz identifique a toda la isla supone ignorar, de un plumazo, la personalidad de los otros treinta municipios. Entre ellos, San Cristóbal de La Laguna, referente histórico, universitario y cultural del Archipiélago.

Y no deja de resultar paradójico que el gentilicio de quienes habitan en el municipio del antiguo puerto de La Laguna termine utilizándose para identificar también a los propios laguneros. ¡Lo que nos faltaba! La distinción es sencilla. Si hablamos de Santa Cruz, chicharreros. Si hablamos de Tenerife, tinerfeños. Y si hablamos del Club Baloncesto Canarias, lagunero, tinerfeño y canario. Punto.

No es una cuestión de rivalidades municipales ni de susceptibilidades territoriales. A eso podría dedicarle otro artículo de opinión. Es una cuestión de precisión, conocimiento y respeto a la identidad amarilla y negra. Porque nuestro equipo tiene una ciudad, una historia y unas raíces que no necesitan ser rebautizadas desde ninguna cabina de retransmisión.

Y si el problema se limitara a un gentilicio, quizás todavía cabría atribuirlo a una desafortunada imprecisión. Lo preocupante es que forma parte de un repertorio de equivocaciones bastante más amplio. Hay quienes confunden todavía al Canarias con el Gran Canaria. Otros ignoran que aquel CajaCanarias que competía en la ACB durante los años ochenta era el mismo Canarias que hoy juega bajo la denominación comercial de La Laguna Tenerife. Y todavía encontramos a quienes identifican al conjunto aurinegro con el desaparecido Tenerife Baloncesto.

Ni siquiera esta temporada, cuando lamentablemente el Gran Canaria no participa en la Liga Endesa, han desaparecido determinadas confusiones entre ambas entidades. ¡Tiene mérito!

Tampoco ayuda aquella expresión tan manida del ‘Baloncesto de Tenerife’, utilizada en muchas ocasiones políticamente como si todas las entidades de nuestra isla formaran parte de un mismo proyecto, sin antecedentes propios ni personalidad. El ‘Baloncesto de Tenerife’, como concepto general, comprende a sus diferentes clubes y aficionados. La historia del CB Canarias, en cambio, pertenece al CB Canarias y a la Fiebre Amarilla.

Los patrocinadores cambian, las denominaciones comerciales evolucionan y las generaciones se suceden. La identidad de un club, sin embargo, no se modifica cada vez que aparece un nuevo nombre en su camiseta. El Canarias no nació el día que algunos empezaron a interesarse por sus éxitos. Ya tenía una larga historia antes de que descubrieran su existencia. Y conocerla no exige una investigación doctoral. Bastaría con dedicar unos minutos a consultar sus antecedentes. Aunque, a juzgar por determinadas intervenciones, la documentación previa parece haberse convertido en una extravagancia reservada a quienes todavía creemos en el rigor periodístico.

Sería cómodo atribuir todos estos despropósitos exclusivamente a determinados profesionales peninsulares. Pero tampoco sería justo. En nuestras propias islas encontramos periodistas y pseudoperiodistas que deberían documentarse mejor. Algunos, especialmente familiarizados con el fútbol, se aventuran a pontificar sobre el Canarias sin conocer suficientemente su historia ni su actualidad. Otros parecen incapaces de separar sus simpatías o antipatías deportivas del rigor que debería presidir cualquier información.

El baloncesto, afortunadamente, no es fútbol con canastas. Y el problema no es tener colores, sino permitir que esos colores condicionen lo que se cuenta y, sobre todo, cómo se cuenta. Mi sentimiento aurinegro nunca ha estado reñido con mi independencia periodística. Querer al Canarias significa también desear siempre lo mejor para él, sin caer en la complacencia ni renunciar al rigor informativo. Porque una cosa es llevar unos colores en el corazón y otra permitir que esos sentimientos condicionen la honestidad con la que se ejerce esta profesión.

Una reponsabilidad que no depende del medio, de la competición ni del lugar desde el que se informe. Es exactamente la misma en una plataforma televisiva, una emisora de radio, un medio digital o una publicación de prensa escrita. Se pueden adquirir los derechos de emisión de las principales competiciones, disponer de una producción audiovisual extraordinaria y llegar a miles de espectadores. Pero si quienes narran, comentan o escriben desconocen la procedencia, la denominación o los antecedentes de uno de sus protagonistas, algo esencial está fallando. Y no precisamente la tecnología. Los derechos televisivos se compran. El rigor periodístico se demuestra.

En unos meses, ya metidos en el año 2027, cumpliré cincuenta años como seguidor aurinegro y treinta ejerciendo profesionalmente el periodismo especializado en la información del Club Baloncesto Canarias. Soy periodista de carrera, con un máster en Periodismo Especializado en Baloncesto, y he dedicado buena parte de mi trayectoria a contar la actualidad de nuestro equipo y recuperar su pasado. De esa labor nacieron mis libros 82 años, 82 latidos. Historia del CB Canarias y Carmelo Cabrera, El Globetrotter Blanco, dedicado a quien considero el mejor jugador nacional de todos los tiempos que ha vestido nuestra camiseta.

No menciono mi formación ni mis publicaciones para exhibir méritos; no es mi estilo, y quienes me conocen lo saben. Lo hago porque conozco el esfuerzo que supone investigar, contrastar fuentes, consultar hemerotecas y reconstruir una historia que merece ser respetada. A mí me ha llevado años investigar y recuperar nuestra historia. A algunos les bastarían cinco minutos para dejar de contarla mal.

No pretendo que todos conozcan las plantillas aurinegras de décadas pasadas, recuerden nuestros ascensos o identifiquen a cuantos jugadores han defendido nuestra camiseta. Les pido algo bastante más elemental. Que sepan de qué club están hablando. Que conozcan su nombre, su ciudad, su isla, su archipiélago y sus antecedentes. Que distingan entidades diferentes, utilicen correctamente los gentilicios y comprendan que una denominación comercial no borra décadas de historia. Y que, cuando se equivoquen, tengan la humildad profesional de rectificar. Como hizo ayer el compañero de DAZN.

No me parece una exigencia desmesurada. Me parece el mínimo imprescindible para ejercer este oficio con dignidad. Quizás algunos consideren exagerada esta reivindicación. Que un gentilicio equivocado no merece una columna de opinión. Que confundir dos clubes tampoco tiene demasiada importancia. Pues para mí sí la tiene. Y mucha. Porque detrás del nombre del Canarias hay generaciones de aficionados, décadas de historia, alegrías, sufrimientos, ascensos, descensos y un sentimiento de pertenencia que no se improvisa delante de una cámara ni se descubre consultando apresuradamente una estadística.

Yo no necesito que nadie me explique de dónde es mi equipo. Llevo prácticamente medio siglo acompañándolo, disfrutándolo y sufriéndolo. Lo que exijo es que quienes tienen la responsabilidad de informar sobre él se molesten, al menos, en conocerlo. Así que, señores periodistas, narradores, comentaristas, redactores y también quienes se atribuyen esas condiciones sin ejercer realmente la profesión: antes de hablar del Canarias, hagan el favor de documentarse.

Somos el Canarias, el histórico y legendario Canarias, y nuestro primer equipo compite actualmente con la denominación comercial de La Laguna Tenerife. Y somos laguneros, tinerfeños y canarios. Con muchísimo orgullo.

No pido privilegios, elogios gratuitos ni tratamientos de favor. Tampoco pretendo que nadie comparta mi sentimiento amarillo y negro. Exijo algo mucho más sencillo: respeto a nuestra identidad, a nuestra historia y al nombre de nuestra ciudad. Porque los errores ocasionales se disculpan. Los errores reconocidos y corregidos se agradecen. Pero la ignorancia reiterada, cuando se dispone de todos los medios para combatirla, resulta cada día más difícil de justificar.

El Canarias es lagunero. Punto. Y a ver si se enteran de una vez.