• Por más atención que le dedico al partido del miércoles, el fallecimiento de Pablo Casado trae a mi mente una visión nostálgica, o si se quiere romántica, del tiempo que mi admirado Pablo pasó entre nosotros. Pienso en aquellas temporadas y es como si se hubiera parado el tiempo desde que se marchó. 

Fotos: Archivo / SuperBasket Canarias. José Luis Hernández (sbc) La Laguna (Tenerife)

No será fácil acostumbrarse a la ausencia de Pablo Casado. Ayuda saber que muchos seguiremos mirando el baloncesto a través de los ojos de Casado. Seguro que este miércoles, para los canaristas de la vieja escuela, por más atención que le pongamos al partido, que se la pondremos y mucha, la visión resultará nostálgica, o si se quiere romántica, como si el juego se hubiera trasladado y parado en la vetusta cancha del colegio Luther King, por más que los baloncestistas aurinegros no paren de correr, en el pabellón de Tenerife Santiago Martín.

También reconforta que muchos ex jugadores que estuvieron a sus órdenes e incluso se enfrentaron a él cuando este defendía la camiseta aurinegra, primero en el parqué y luego desde el banquillo, publiquen tantos episodios en las redes sociales de la vida de este sabio del baloncesto que ayer nos dijo adiós. Las palabras de jugadores tan importantes como Fernando Esquivel, Quique Ruiz Paz o Carmelo Cabrera son solo una muestra del afecto que se le tenía a este canario nacido en Zamora.

Recuerdo a Pablo Casado, en mi niñez, transmitiendo una imagen de hombre recto, con carácter, profesional, exigente y serio. También como una persona cercana, amable y afable, canarista, si canarista, aunque siempre quisiera ganar una peseta más que el jugador con la ficha más alta, según cuento en mi libro "Carmelo Cabrera, El Globetrotter Blanco". Pablo sentía los colores siendo un profesional, un gran profesional, cosa que le extrañará a más de un aficionado canarista de la versión 2.0, y no dudó en ponerse a disposición del club aurinegro cuando las aguas comenzaron a bajar turbias en La Laguna, deportiva y económicamente hablando.

Y es un consuelo saber que se sucederán las efemérides que evocan la gran obra de Pablo Casado en su Canarias, en nuestro Canarias. El primer ascenso del equipo de mis amores, allá por la temporada 1980-81, a la entonces denominada División de Honor, lleva su impronta, al igual que el segundo ascenso del club de La Laguna, en la temporada 1982-83.

Hace poco se recordó su obra en las diferentes presentaciones del libro anteriormente mencionado, y mañana día 29 de marzo se celebrará el 36º aniversario del primer ascenso del C. B. Canarias a la máxima categoría del baloncesto español, de la mano del entrenador, ya leyenda del canarismo, Pablo Casado Elicegui.

Las gestas, y algún que otro fracaso, del Canarias de aquella época fueron tan célebres que jamás se olvidarán en La Laguna, en el propio Canarias y tampoco en el mundillo del baloncesto en Tenerife. Al fin y al cabo, todo está impregnado de Casado, y quien más quien menos le ha citado rememorando una parte muy importante de nuestra historia como club de baloncesto e icono de la sociedad lagunera.

A Casado, en su momento, le salieron imitadores, era normal. Pablo era un hombre imitado jugando, hablando y entrenando, que aplicaba una lógica aplastante a su visión del baloncesto. Casado, al fin y al cabo, hizo posible lo que parecía imposible en el Canarias de principios de los ochenta, después de conseguir el tan ansiado ascenso, algo por lo que habíamos estado luchando durante décadas.

No parece casual que Pablo Casado muriera el mismo día que Santiago Martín. Ambos han sido únicos, irrepetibles, canaristas y carismáticos; imposible no añorarles por más que su obra sea tan ingente que cada día haya un motivo para recordarles. Una cosa es mirar el baloncesto con los ojos de Pablo Casado y otra vivirlo sabiendo que ya no estará entre nosotros, sin su cabeza ni su corazón, sin su saber estar, sin el asentimiento de Pablo.

Descansa en paz, amigo.