Fotos: Archivo de SuperBasket Canarias

José Luis Hernández (sbc) La Laguna (Tenerife) 

Hablar de Carmelo Cabrera (1.83/Las Palmas de Gran Canaria, 6 de enero de 1950) es hacerlo de la esencia del baloncesto, de la genialidad en estado puro, de la sencillez de la persona, en definitiva, de un adelantado a su tiempo.

Carmelo Cabrera, protagonista del libro sobre su vida escrito por el periodista canario José Luis Hernández,  comenzó a dar sus primeros pasos baloncestísticos en el Colegio Corazón de María, posteriormente Claret, de Las Palmas de Gran Canaria y tuvo la oportunidad de ser uno de los pioneros que disputaron el primer partido de minibasket jugado en las Islas Canarias, allá por 1964.

Autodidacta por excelencia, el “mago” Cabrera comenzó a crear un estilo de juego único e inimitable, y por lo tanto, desconocido a este lado del Atlántico en aquella época. Su brillante paso por el C. N. Metropole le dio la posibilidad de participar con la selección española júnior en el Campeonato de Vigo 1968. Su juego innovador y creativo cautivó a todos los que lo vieron jugar y pronto llegó la llamada del mejor Real Madrid de la historia.

Pedro Ferrándiz, aconsejado por Antonio Díaz Miguel, en aquél entonces seleccionador júnior y sénior, no dudó en descolgar el teléfono y fichar a Cabrera para el equipo júnior madridista. En septiembre de 1968 llegaba el joven jugador canario a Madrid con su maleta llena de ilusiones y sueños, y muy pronto empezaría a lograr metas que ni él mismo se había propuesto.

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                         En el Real Madrid.

Comenzó a jugar con el equipo júnior y a entrenar con el sénior, con un Madrid plagado de estrellas que lo ganaba casi todo en España y Europa. A los tres meses de llegar a la capital del estado, ya formaba parte del primer equipo y ahí se mantuvo durante once temporadas.

Incomprendido por sus entrenadores, especialmente el férreo Ferrándiz y posteriormente Lolo Sainz, Cabrera jugaba de una manera diferente, espectacular, rápida, eficaz y divertida. Muchos eran los que se deleitaban más presenciando los malabarismos del canario en las ruedas de calentamiento que viendo a sus compañeros compitiendo sobre el parquet.

La carrera de Cabrera en el Madrid fue meteórica, aunque el grancanario nunca dejó de ser la misma persona de siempre. Ídolo de las “calcetineras”, así llamaban a las seguidoras de la época, se convirtió, con el número 7 a la espalda, en un rebelde con causa. Sus entrenadores, empeñados en desarrollar un baloncesto prehistórico, arcaico y encorsetado, tenían auténticos dolores de cabeza ante el ingenio y la creatividad de Cabrera, que leía, dominaba y transmitía un baloncesto más de veinte años adelantado a su tiempo. Su generosidad sobre la pista, líder en asistencias de la Liga durante casi toda su carrera, hacía mejores a sus compañeros.

 

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                       Con el Valladolid.

Nombrar sus entorchados con el Real Madrid sería casi interminable pero baste decir que en sus once temporadas como jugador merengue, el equipo consiguió diez títulos de Liga, siete Copas de España, dos Copas de Europa y tres subcampeonatos, tres Copas Intercontinentales e infinidad de Torneos de Navidad, amén de sus ciento dos internacionalidades con España, logrando la medalla de plata en el Europeo de 1973 disputado en Barcelona.

Jugador de la Selección de Europa en 1975, fue cortado, erróneamente, por Lolo Sainz en 1979 pero Cabrera, un enamorado del baloncesto, no tuvo ningún problema en fichar en un recién ascendido, el Miñón Valladolid. Allí, en la ciudad del Pisuerga coincidió con uno de los mejores americanos llegados a España, Nate Davis, y juntos iniciaron la leyenda del equipo pucelano, logrando la sexta posición en la Liga Nacional, lo que para un club de esa entidad era su “quedar campeón”. Hasta que se formó el tándem Cabrera–Davis, no se había visto tantas dosis de espectacularidad en la liga española. Los inventores del ‘alley-hoop’ llenaban el Pabellón Huerta del Rey cada semana de seguidores incondicionales que no daban crédito a lo que veían sus ojos.

Acabada su pequeña estancia en Valladolid, apenas dos temporadas, 1979-80 y 1980-81, Cabrera, deseado por muchos equipos decidió volver a casa y fichar por el Club Baloncesto Canarias de La Laguna, Tenerife, que acababa de subir a la División de Honor.

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                 En la selección española.

“En el Canarias fue en el equipo en el que más me divertí”, reconoce. No le faltaba razón al “mago” del baloncesto. En el conjunto aurinegro logró jugar libremente, independientemente del entrenador de turno, demostrando que la edad, para él, sólo era un dato en su DNI. Allí coincidió con otros ex madridistas como Walter, Meister o Prada, o con históricos del baloncesto canario como Manolo de las Casas, Richi Bethencourt, Juan Méndez…

En 1984 llegó al conjunto lagunero Eddie Phillips, un primera ronda del ‘draft’ de la NBA, que pronto se convertiría, al igual que Cabrera, en ídolo de la afición lagunera. En 1986 el Canarias lograría el campeonato de la extinta Primera División “B”, y los aurinegros se presentaban en la ACB con una plantilla que haría época.

Juntos, Carmelo y Eddie, el fichaje de otro excelente americano, Mike Harper,  y con la inestimable ayuda de otras dos estrellas del basket nacional, Salva Díez y, especialmente, el gran Germán González, el Canarias logró dos sextos puestos consecutivos en la Liga ACB y la clasificación para la Copa Korac. Carmelo no se guardaba nada para los partidos, y rendía al 100% desde el primer minuto que saltaba al parqué. Profesional ejemplar, se dejaba el alma por el Canarias y por el baloncesto.

Veterano en el DNI pero físicamente perfecto para jugar como mínimo dos temporadas más, dijo adiós, muy a su pesar en la temporada 1987-88. Ahí acabó su participación como jugador en activo pero comenzó la leyenda y entregó su legado. El baloncesto canario, español y FIBA en general siempre estará en deuda con él. Nada hubiese sido igual en la historia de este deporte sin el gran “mago” Carmelo Cabrera”.

 

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Cabrera celebra la consecución de la Serie A-1 con el Canarias.